sábado, 16 de septiembre de 2017

Detroit

de Kathryn Bigelow. EE.UU., 2017. 143’.
16 de septiembre de 2017. Parqueastur, Corvera.

En 1967 la tensión racial arde en Detroit. Represión policial, saqueos, toque de queda y soldados en las calles. Alguien dispara en la noche y unos policías asaltan un hotel en busca de un posible francotirador. Allí aterrorizan a unos jóvenes. La mayoría son negros, pero también hay dos chicas blancas y eso no entra en la cabeza de estos policías racistas y violentos. Tras una noche de brutalidad insoportable acaban matando a tres jóvenes negros.

Tres películas en una. Una abierta y con ese tono de reporterismo bélico que hizo tan atractivos los anteriores trabajos de Bigelow que hemos visto aquí (En tierra hostil y La noche más oscura). Otra opresiva y concentrada en lo que pasó en el hotel con una tensión que parece propia del cine de Haneke. Y la tercera, de maneras más convencionales, nos muestra qué fue de aquellos chicos después de esa noche. En la primera parte Bigelow nos hace presenciar, con la intensidad que deben sentir los reporteros, lo que sucedió aquel verano de hace medio siglo en Detroit. Recorremos las calles pero todavía no hay personajes ni trama. Apenas algunos esbozos que luego se perfilarán en esa noche terrible en que dejaremos de ser reporteros para sentirnos con las manos en la pared a merced de ese sádico poder policial. Y es que, como queda claro en la tercera parte, Bigelow nos presenta aquella brutalidad lejana e impune para hablarnos también del presente. De una tensión racial no resuelta que sigue desatando conflictos en las calles de un país que ha sido capaz de sustituir a su primer presidente negro por un tipo detestable al que adoran los supremacistas blancos. Detroit se une a la serie de excelentes películas (Moolight de Barry Jenkins, I am not your negro de Raoul Peck, Loving de Jeff Nichols o Fences de Denzel Washington) que, con distintos tonos y estilos, han  abordado en el último año la naturaleza de ese drama americano que, hace ya cincuenta y cinco años, llevó magistralmente a la pantalla Robert Mulligan en Matar a un ruiseñor.